lunes, 6 de junio de 2016

Nocéan, de Serge Delaive


Ella y yo en los muelles de sirga, a lo largo de las dársenas, acompañando el río. Ella y yo dispersos en ciudades que nos encadenan. Ella toma mi mano. Un gesto distraído, una exigencia ligera. Su perfil deforma el sentido de las nubes. Sus cabellos flotan frente al agua. Me lleva un adoquín, un paso quizá. Una vena palpita; el viento del norte descubre la nuca, la carne blanca, tensa, la ilusión de los músculos. Avanza indolente inclinando la mirada. El contorno de sus labios esboza una sonrisa, una alusión desenvuelta, enigma sin consecuencia. Acá la luz escasa estalla, pinta pepitas en los iris. Un sobresalto recorre su cuello. Retiro mi mano. Sé que haré un tajo en su carne. Que beberé su sangre.


Así empieza Nocéan, novela de Serge Delaive (Bélgica).
Ed. maelstrÖm reEvolution, Bruselas, 2016.

sábado, 26 de septiembre de 2015

De la Tierra a la Luna, de Julio Verne




En el momento en que el haz incandescente se elevó hacia el cielo a una altura prodigiosa, ese esplendor de llamas iluminó toda Florida, y durante un instante incalculable el día reemplazó a la noche en una extensión considerable del país. Esa inmensa nube de fuego se vio desde cien millas, tanto en el mar del Golfo como en el Atlántico, y más de un capitán de barco anotó en su bitácora la aparición de ese meteoro gigante.
La detonación del Columbiad fue acompañada por un verdadero temblor de tierra. Florida sintió que se sacudía hasta en sus entrañas. Los gases de la pólvora, dilatados por el calor, apartaron con una violencia incomparable las capas atmosféricas, y ese huracán artificial, cien veces más rápido que el huracán de las tempestades, pasó como una tromba en medio del aire.
Ni un solo espectador había quedado en pie. Hombres, mujeres, niños, todos quedaron echados como espigas bajo la tormenta. Hubo un tumulto indecible, muchas personas gravemente heridas, y J. T. Maston, que contra toda prudencia estaba demasiado adelante, se vio arrojado veinte toesas hacia atrás y pasó como una bala por encima de la cabeza de sus conciudadanos. Trescientas mil personas se quedaron sordas momentáneamente y como afectadas de estupor.

La corriente atmosférica, después de haber derribado los campamentos, tirado las cabañas, desarraigado los árboles en un radio de veinte millas y descarrilado los trenes hasta Tampa, cayó sobre esa ciudad como una avalancha y destruyó un centenar de casas, entre otras la iglesia Saint Mary y el nuevo edificio de la Bolsa, que se agrietó todo a lo largo. Algunos barcos del puerto, chocados unos contra otros, se hundieron, y una decena de naves fondeadas en la rada fueron a parar a la costa después de romper sus cadenas como hilos de algodón.

Gentileza Editorial Losada

sábado, 20 de julio de 2013

Las ensoñaciones del paseante solitario, de Jean-Jacques Rousseau


Recordaré toda mi vida una herborización que hice un día por el lado de la Robaila, montaña del justiciero Clerc. Estaba solo, me hundía en las anfractuosidades de la montaña, y de bosque en bosque, de roca en roca, llegué a un reducto tan escondido que en toda mi vida no vi una apariencia más salvaje. Abetos negros mezclados con hayas prodigiosas, algunos de los cuales, caídos de viejos y entrelazados unos con otros, cerraban ese reducto con barreras impenetrables; algunos intervalos que dejaba ese cerco sombrío no ofrecían, más allá, sino rocas cortadas a pico y horribles precipicios que no me atrevía a mirar sino acostándome sobre el vientre. El buharro, la lechuza y el águila dejaban oír sus gritos en las grietas de la montaña, sin embargo algunos pequeños pájaros raros pero familiares atemperaban el horror de esta soledad. Allí encontré la Dentaria heptaphylla, el Ciclamen, la Nidus avis, la gran Laserpitium y algunas otras plantas que me sedujeron y me divirtieron largo rato. Pero insensiblemente dominado por la fuerte impresión de los objetos, olvidé la botánica y las plantas, me senté sobre almohadas de Lycopodium y de musgos, y me puse a soñar más cómodo pensando que estaba en un refugio ignorado por todo el universo, del que mis perseguidores no me desterrarían. Un movimiento de orgullo se mezcló pronto con esta ensoñación. Me comparaba con esos grandes viajeros que descubren una isla desierta y me decía complaciente: sin duda soy el primer mortal que llegó hasta aquí; me veía casi como otro Colón. Mientras me pavoneaba con esa idea, escuché un poco más lejos cierto tintineo que creí reconocer; escucho: el mismo ruido se repite y se multiplica. Sorprendido y curioso me levanto, penetro a través de una funda de maleza del lado donde venía el ruido, y en una depresión a veinte pasos del lugar mismo al que creía haber sido el primero en llegar veo una manufactura de medias.
No podría expresar la agitación confusa y contradictoria que sentí en mi corazón ante este descubrimiento. Mi primer movimiento fue un sentimiento de alegría al encontrarme entre humanos donde me había creído completamente solo. Pero ese movimiento, más rápido que el rayo, pronto le dejó lugar a un sentimiento doloroso más duradero, como si en las cuevas mismas de los Alpes no pudiera escapar de las crueles manos de los hombres encarnizados en atormentarme. Ya que estaba muy seguro de que quizá no hubiera ni dos hombres en esa fábrica que no estuvieran iniciados en el complot del cual el predicante Montmollin se había hecho jefe, y cuyos móviles venían de más lejos. Me apresuré a apartar esta triste idea y terminé por reír para mí mismo de mi vanidad pueril y de la manera cómica con la que había sido castigado.


Gentileza Editorial Losada

domingo, 19 de mayo de 2013

Arte poética, Paul Verlaine


La música ante cualquier cosa,
y para eso preferí el Impar,
más vago y más capaz de volar,
porque en él nada pesa, nada posa.

También es mejor si elegís
con cierto desprecio tus palabras:
no hay nada como la canción gris
donde lo Ambiguo y lo Preciso cuadran.

¡Son bellos ojos tras los velos,
es la gran luz que tiembla a mediodía,
es, una noche de otoño, el cielo
azul revuelto por estrellas frías!

¡Queremos el Matiz de nuevo,
no el Color, nada más el matiz!
¡Ah, solo el matiz une de raíz
la flauta al corno y el sueño al sueño!

Huí de la Agudeza asesina,
de la Risa impura y del Calambur,
que hacen llorar a los ojos del Azur,
¡y de todo ese ajo de baja cocina!

¡Retorcele el cuello a la elocuencia!
Viene bien, en tren de energía,
moderar la Rima a conciencia.
Si no, ¿hasta dónde llegaría?

¡Quién dirá los daños de la Rima!
¿Qué chico sordo o qué negro loco
forjó esa joya que vale tan poco
y suena hueca bajo la lima?

¡La música de nuevo, sin temores!
Que sea tu verso algo que vuela,
huyendo de un alma que anhela
otros cielos y otros amores.

Que sea tu verso la buenaventura
dispersa en el viento crispado
que va oliendo a menta del prado...
Y todo el resto es literatura.



jueves, 18 de abril de 2013

Los días felices, de Samuel Beckett




Winnie: Me viene la imagen – desde los abismos – de un señor Miranda – de un señor y quizá – de una señora Miranda – pero no – van de la mano – así que más bien su novia – o solo una amiga – muy querida. (Se mira las uñas más de cerca.)  Muy quebradizas hoy. (Vuelve a limar.) Miranda – Miranda – el nombre te dice – algo – a vos, Willie – evoca quiero decir – una realidad cualquiera – para vos, Willie – no respondas – si te fastidia – ya te – esforzaste – bastante – Miranda – Miranda. (Examina las uñas limadas.) Un poco más presentables. (Levanta la cabeza, mira delante de ella.) No te vengas abajo, Willie, es lo que siempre digo, pase lo que pase, no te vengas abajo. (Pausa. Vuelve a limarse.) Sí – Miranda – (deja de limarse, levanta la cabeza, mira delante de ella) ¿o Miralles, no sería más bien Miralles? (Gira un poco hacia Willie.) Miralles, Willie, ¿te suena Miralles? (Pausa. Girando un poco más, más fuerte.) Miralles, Willie, ¿te dice algo Miralles, el nombre Miralles? (Pausa. Se da vuelta hacia atrás para mirarlo. Pausa.) ¡Ah bueno! (Pausa.) ¿Qué hiciste con tu pañuelo? (Pausa.) Ah Willie, ¡no te lo vas a tragar! ¡Escupilo, por favor, escupilo! (Pausa. Vuelve a estar de frente.) En fin, será lo natural, supongo. (La voz se quiebra.) Lo humano. (Pausa. Igual.) ¿Qué se puede hacer? (Pausa. Igual.) De la mañana a la noche. (Pausa. Igual.) Día tras día. (Pausa. Levanta la cabeza. Sonrisa.) ¡El estilo antiguo! (Fin de sonrisa. Vuelve a sus uña.) No, esta ya está. (Pasa a la siguiente.)  Me hubiera puesto los anteojos. (Pausa.) Ya es tarde. (Termina la mano izquierda, la inspecciona.) Un poco más presentables. (Empieza la mano derecha. Lo que sigue puntuado como antes.) En fin – qué importa – este Miralles – Miranda – qué importa – y la mujer – de la mano – una bolsa cada uno – de esas multiuso – de nailon – plantados ahí mirándome – boquiabiertos – al fin él – Miranda – Miralles – qué importa - ¿a qué está jugando? dice - ¿a qué viene? dice – metida hasta las tetas – en los yuyos – tipo grosero – ¿qué significa? dice - ¿qué se supone que significa? – y patatín – y patatán – todas las estupideces – de siempre - ¿me oís? dice – por desgracia, dice ella - ¿cómo que por desgracia? dice él - ¿qué significa por desgracia? (Deja de limarse, levanta la cabeza, mira delante de ella.) ¿Y vos? dice ella. ¿A qué venís vos, que se supone que significás? ¿O porque seguís parado sobre tus pies planos, con tu viejo atadito lleno de caca en conserva y de calzones de recambio, arrastrándome de una punta a la otra de este desierto de mierda – vieja gritona, tal para cual – (de repente violenta) – ¡soltame, dice ella, me cago en Dios, y rajá, rajá! (Vuelve a limar.) ¿Por qué no la desentierra? dice él –aludiendo a vos, mi ángel - ¿para qué le sirve ella así? - ¿para qué le sirve él así? – y así sucesivamente – todas las estupideces – de siempre – hay que desenterrarla, dice él – así ella no tiene sentido - ¿desenterrarla con qué? dice ella – con las manos desnudas, dice él, yo lo haría con las manos desnudas – debían ser marido y –mujer. (Lima en silencio.) Después por fin se fueron – de la mano – las bolsitas – se alejan – borrosos – después nada – últimos humanos – que se extraviaron por acá. (Termina la mano derecha, la inspecciona, apoya la lima, mira delante de ella.) Extraño, apariciones semejantes, en un momento semejante. (Pausa.) ¿Extraño? (Pausa.) No, acá todo es extraño. (Pausa.) En todo caso les estoy agradecida. (La voz se quiebra.) Muy agradecida.
 

miércoles, 20 de octubre de 2010

Contra Sainte-Beuve, de Marcel Proust





Desde el momento en que leía a un autor, de inmediato distinguía bajo las palabras la melodía de la canción, que en cada uno es diferente a la de todos los demás, y al leerlo, sin darme cuenta, la canturreaba, apuraba las notas o las lentificaba o las interrumpía, para marcar el compás de las notas y su repetición, como se hace al cantar, cuando se espera a veces mucho tiempo, según la medida de la melodía, antes de decir el final de una palabra.
Sabía bien que aunque, por no haber podido trabajar nunca, no sabía escribir, tenía el oído más fino y más exacto que muchos otros, lo que me permitió escribir pastiches, ya que para un escritor, cuando se tiene la melodía, las palabras vienen muy rápido. Pero no desarrollé ese don, y de tiempo en tiempo, en diferentes períodos de mi vida, éste, como también el de descubrir un lazo profundo entre dos ideas, dos sensaciones, lo siento siempre vivo en mí, pero no fortificado, y siento que pronto se habrá debilitado y muerto. Sin embargo le costará trabajo, porque con frecuencia es cuando más enfermo estoy, cuando ya no tengo más ideas en la cabeza ni fuerzas, que ese yo al que a veces reconozco vislumbra esos lazos entre dos ideas, como suele ocurrir en otoño, cuando ya no hay más flores ni hojas, y se siente en los paisajes las concordancias más profundas. Y el chico que juega así en mí sobre las ruinas no necesita ningún alimento, se alimenta simplemente del placer que le da la visión de la idea que descubre, él la crea, ella lo crea, él muere, pero una idea lo resucita, como esas semillas que dejan de germinar en una atmósfera demasiado seca y parecen muertas, pero un poco de humedad y de calor alcanzan para hacerlas renacer.
Y pienso que el chico que en mí se divierte con eso debe ser el mismo que también tiene el oído fino y exacto para sentir entre dos impresiones, entre dos ideas, una armonía muy precisa que otros no sienten. Quién es ese ser, no lo sé. Pero sí que de alguna manera crea esas armonías, vive de ellas, enseguida se levanta, germina, crece, con toda la vida que ellas le dan, y después muere, al no poder vivir más que de ellas. Pero por muy prolongado que sea el sueño en que cae a continuación (como las semillas de monsieur Becquerel), él no muere, o mejor dicho, muere para renacer cuando otra armonía se presenta, aun cuando simplemente vea entre dos cuadros del mismo pintor la misma ondulación de perfiles, la misma pieza de tela, la misma silla, que muestran entre los dos cuadros algo en común: la predilección y la esencia del espíritu de un pintor. Lo que hay en el cuadro de un pintor no puede alimentarlo, ni en el libro de un autor tampoco, ni en un segundo cuadro del pintor o un segundo libro de ese autor. Pero si en el segundo cuadro o en el segundo libro ve algo que no está en el segundo ni en el primero, sino que de alguna forma está entre los dos, en una especie de cuadro ideal que ve tomar forma como materia espiritual fuera del cuadro, entonces ha recibido su alimento y empieza a existir y a ser feliz. Ya que para él, existir y ser feliz son una sola cosa. Y si entre ese cuadro ideal y ese libro ideal, cada uno de los cuales alcanza para hacerlo feliz, encuentra un lazo aún mayor, su alegría aumenta aún más . Ya que muere instantáneamente en lo particular, y se pone inmediatamente a flotar y a vivir en lo general. Sólo vive de lo general, lo general lo anima y lo alimenta, y muere instantáneamente en lo particular. Pero durante el tiempo que vive, su vida no es más que éxtasis y felicidad. Él es el único que debería escribir mis libros. ¿Acaso de esa forma serían mejores?



Gentileza Editorial Losada