jueves, 18 de abril de 2013
Los días felices, de Samuel Beckett
Winnie: Me viene la imagen – desde los abismos – de un señor Miranda – de un señor y quizá – de una señora Miranda – pero no – van de la mano – así que más bien su novia – o solo una amiga – muy querida. (Se mira las uñas más de cerca.) Muy quebradizas hoy. (Vuelve a limar.) Miranda – Miranda – el nombre te dice – algo – a vos, Willie – evoca quiero decir – una realidad cualquiera – para vos, Willie – no respondas – si te fastidia – ya te – esforzaste – bastante – Miranda – Miranda. (Examina las uñas limadas.) Un poco más presentables. (Levanta la cabeza, mira delante de ella.) No te vengas abajo, Willie, es lo que siempre digo, pase lo que pase, no te vengas abajo. (Pausa. Vuelve a limarse.) Sí – Miranda – (deja de limarse, levanta la cabeza, mira delante de ella) ¿o Miralles, no sería más bien Miralles? (Gira un poco hacia Willie.) Miralles, Willie, ¿te suena Miralles? (Pausa. Girando un poco más, más fuerte.) Miralles, Willie, ¿te dice algo Miralles, el nombre Miralles? (Pausa. Se da vuelta hacia atrás para mirarlo. Pausa.) ¡Ah bueno! (Pausa.) ¿Qué hiciste con tu pañuelo? (Pausa.) Ah Willie, ¡no te lo vas a tragar! ¡Escupilo, por favor, escupilo! (Pausa. Vuelve a estar de frente.) En fin, será lo natural, supongo. (La voz se quiebra.) Lo humano. (Pausa. Igual.) ¿Qué se puede hacer? (Pausa. Igual.) De la mañana a la noche. (Pausa. Igual.) Día tras día. (Pausa. Levanta la cabeza. Sonrisa.) ¡El estilo antiguo! (Fin de sonrisa. Vuelve a sus uña.) No, esta ya está. (Pasa a la siguiente.) Me hubiera puesto los anteojos. (Pausa.) Ya es tarde. (Termina la mano izquierda, la inspecciona.) Un poco más presentables. (Empieza la mano derecha. Lo que sigue puntuado como antes.) En fin – qué importa – este Miralles – Miranda – qué importa – y la mujer – de la mano – una bolsa cada uno – de esas multiuso – de nailon – plantados ahí mirándome – boquiabiertos – al fin él – Miranda – Miralles – qué importa - ¿a qué está jugando? dice - ¿a qué viene? dice – metida hasta las tetas – en los yuyos – tipo grosero – ¿qué significa? dice - ¿qué se supone que significa? – y patatín – y patatán – todas las estupideces – de siempre - ¿me oís? dice – por desgracia, dice ella - ¿cómo que por desgracia? dice él - ¿qué significa por desgracia? (Deja de limarse, levanta la cabeza, mira delante de ella.) ¿Y vos? dice ella. ¿A qué venís vos, que se supone que significás? ¿O porque seguís parado sobre tus pies planos, con tu viejo atadito lleno de caca en conserva y de calzones de recambio, arrastrándome de una punta a la otra de este desierto de mierda – vieja gritona, tal para cual – (de repente violenta) – ¡soltame, dice ella, me cago en Dios, y rajá, rajá! (Vuelve a limar.) ¿Por qué no la desentierra? dice él –aludiendo a vos, mi ángel - ¿para qué le sirve ella así? - ¿para qué le sirve él así? – y así sucesivamente – todas las estupideces – de siempre – hay que desenterrarla, dice él – así ella no tiene sentido - ¿desenterrarla con qué? dice ella – con las manos desnudas, dice él, yo lo haría con las manos desnudas – debían ser marido y –mujer. (Lima en silencio.) Después por fin se fueron – de la mano – las bolsitas – se alejan – borrosos – después nada – últimos humanos – que se extraviaron por acá. (Termina la mano derecha, la inspecciona, apoya la lima, mira delante de ella.) Extraño, apariciones semejantes, en un momento semejante. (Pausa.) ¿Extraño? (Pausa.) No, acá todo es extraño. (Pausa.) En todo caso les estoy agradecida. (La voz se quiebra.) Muy agradecida.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Contra Sainte-Beuve, de Marcel Proust
Desde el momento en que leía a un autor, de inmediato distinguía bajo las palabras la melodía de la canción, que en cada uno es diferente a la de todos los demás, y al leerlo, sin darme cuenta, la canturreaba, apuraba las notas o las lentificaba o las interrumpía, para marcar el compás de las notas y su repetición, como se hace al cantar, cuando se espera a veces mucho tiempo, según la medida de la melodía, antes de decir el final de una palabra.
Sabía bien que aunque, por no haber podido trabajar nunca, no sabía escribir, tenía el oído más fino y más exacto que muchos otros, lo que me permitió escribir pastiches, ya que para un escritor, cuando se tiene la melodía, las palabras vienen muy rápido. Pero no desarrollé ese don, y de tiempo en tiempo, en diferentes períodos de mi vida, éste, como también el de descubrir un lazo profundo entre dos ideas, dos sensaciones, lo siento siempre vivo en mí, pero no fortificado, y siento que pronto se habrá debilitado y muerto. Sin embargo le costará trabajo, porque con frecuencia es cuando más enfermo estoy, cuando ya no tengo más ideas en la cabeza ni fuerzas, que ese yo al que a veces reconozco vislumbra esos lazos entre dos ideas, como suele ocurrir en otoño, cuando ya no hay más flores ni hojas, y se siente en los paisajes las concordancias más profundas. Y el chico que juega así en mí sobre las ruinas no necesita ningún alimento, se alimenta simplemente del placer que le da la visión de la idea que descubre, él la crea, ella lo crea, él muere, pero una idea lo resucita, como esas semillas que dejan de germinar en una atmósfera demasiado seca y parecen muertas, pero un poco de humedad y de calor alcanzan para hacerlas renacer.
Y pienso que el chico que en mí se divierte con eso debe ser el mismo que también tiene el oído fino y exacto para sentir entre dos impresiones, entre dos ideas, una armonía muy precisa que otros no sienten. Quién es ese ser, no lo sé. Pero sí que de alguna manera crea esas armonías, vive de ellas, enseguida se levanta, germina, crece, con toda la vida que ellas le dan, y después muere, al no poder vivir más que de ellas. Pero por muy prolongado que sea el sueño en que cae a continuación (como las semillas de monsieur Becquerel), él no muere, o mejor dicho, muere para renacer cuando otra armonía se presenta, aun cuando simplemente vea entre dos cuadros del mismo pintor la misma ondulación de perfiles, la misma pieza de tela, la misma silla, que muestran entre los dos cuadros algo en común: la predilección y la esencia del espíritu de un pintor. Lo que hay en el cuadro de un pintor no puede alimentarlo, ni en el libro de un autor tampoco, ni en un segundo cuadro del pintor o un segundo libro de ese autor. Pero si en el segundo cuadro o en el segundo libro ve algo que no está en el segundo ni en el primero, sino que de alguna forma está entre los dos, en una especie de cuadro ideal que ve tomar forma como materia espiritual fuera del cuadro, entonces ha recibido su alimento y empieza a existir y a ser feliz. Ya que para él, existir y ser feliz son una sola cosa. Y si entre ese cuadro ideal y ese libro ideal, cada uno de los cuales alcanza para hacerlo feliz, encuentra un lazo aún mayor, su alegría aumenta aún más . Ya que muere instantáneamente en lo particular, y se pone inmediatamente a flotar y a vivir en lo general. Sólo vive de lo general, lo general lo anima y lo alimenta, y muere instantáneamente en lo particular. Pero durante el tiempo que vive, su vida no es más que éxtasis y felicidad. Él es el único que debería escribir mis libros. ¿Acaso de esa forma serían mejores?
Gentileza Editorial Losada
miércoles, 10 de diciembre de 2008
jueves, 4 de diciembre de 2008
NO SE ENCADENA A LOS VOLCANES, de Annie Le Brun (2006)

Al elegir referirme a “Sade o el primer teatro del ateísmo”, me encuentro ante el desafío de presentar en poco tiempo al “espíritu más libre que jamás existió”, para retomar las palabras de Apollinaire.
Por eso comenzaré atrayéndolos, con algunas citas, a todo lo que no podré evocar esta noche de su deslumbrante manera de pensar, en la que el humor compite con la metafísica, la subversión con la grandeza y la rebelión con la poesía. Esto es una apertura:
Cuando ya no quede un sólo hombre sobre la tierra, las cosas no irán mejor que ahora (...) Nada fue creado para nosotros, miserables criaturas como somos (...). La naturaleza prescindiría tan bien de nosotros como de la especie de las hormigas o de la de las moscas.
Hasta que yo no sea rehabilitado, no se azotará a un gato en las provincias sin que digan: Es el marqués de S.
¡Oh! ¡Qué enigma es el hombre!, dijo el duque. –Sí, mi amigo, dijo Curval. Y eso fue lo que le hizo decir a un hombre muy ingenioso que era mejor cojérselo que comprenderlo.
Su alma era tan negra como blanco su culo.
(...) la belleza es lo simple, la fealdad es lo extraordinario, y todas las imaginaciones ardientes prefieren siempre en cuanto a lubricidad lo extraordinario a lo simple.
Me atrevo a asegurar en una palabra que el incesto debería ser la ley de todo gobierno basado en la fraternidad.
Se coje a una cabra en cuatro patas mientras lo azotan. Le hace un hijo a esa cabra, al que a su vez encula, aunque sea un monstruo.
Usted se ruboriza, pequeño ángel, se lo prohíbo, el pudor es una quimera.
(...) ¡qué placer el culo de un loco! Y yo también estoy loco, doble Dios maldito; me enculo a locos, acabo en los locos, me dan vuelta la cabeza, y sólo quiero cojérmelos a ellos.
Dios es el único error que no puedo perdonarle al hombre.
Después de este florilegio, pueden imaginarse que uno no se puede limitar a presentar a Sade como un simple filósofo ateo, sino que se trata de mostrar en qué su ateísmo le es constitutivo. Y en qué ese ateísmo es único, a causa del funcionamiento mismo de un pensamiento cuya insumisión esencial lo aleja de la filosofía propiamente dicha para acercarlo paradójicamente al teatro.
Teatro real, teatro virtual, es alrededor de este espacio imaginario donde la vida y la obra de Sade se confunden para hacer surgir, como un nuevo lugar mental, lo que yo llamo el primer teatro del ateísmo.
Gentileza de Editorial Argonauta.
EL FARO DEL FIN DEL MUNDO, de Julio Verne (1905)
Hacia las seis y media de la tarde, un haz de rayos luminosos se proyectó sobre el mar. El faro acababa de ser encendido, y el primer barco cuya marcha iba a iluminar era una goleta chilena caída entre las manos de una banda de piratas a quienes llevaba al escenario de sus crímenes, donde se preparaban para cometer otros.
Era más o menos las siete, y el sol declinaba por detrás de los altos picos de la isla, cuando el Maule dejó el cabo San Juan a estribor. La bahía se abría adelante de él hasta la punta Diegos, y dio en ella a poca velocidad. Una hora le alcanzaría para llegar al pie del faro.
El crepúsculo aún dejaba suficiente claridad para que Kongre y Carcante, al pasar ante la caverna, pudieran asegurarse de que su orificio no parecía haber sido descubierto bajo el amontonamiento de piedras y la cortina de maleza que lo obstruía. Si era así, nada había indicado su presencia en esa parte de la isla, y encontrarían el producto de su rapiña en el mismo estado en que lo habían dejado.
–Esto marcha bien –le dijo Carcante a Kongre. Estaba a espaldas de él, muy cerca.
–Y va a marchar mejor dentro de un rato –respondió Kongre.
Dentro de cuarenta y cinco minutos como máximo, el Maule habría llegado a la cala, donde debía soltar el ancla.
Gentileza de Editorial Losada.
EL MÉDICO A PALOS, de Molière
ESCENA 4.
LUCINDE, VALÈRE, GÉRONTE, LUCAS, SGANARELLE, JACQUELINE
SGANARELLE. ¿Esta es la enferma?
GÉRONTE. Sí, es mi única hija; tendría todo el dolor del mundo si llegara a morirse.
SGANARELLE. ¡Mucho cuidado con morirse! No se puede morir sin la orden de un médico.
GÉRONTE. Vamos, una silla.
SGANARELLE. A la enferma no se la ve nada repugnante, y pienso que un hombre sano se las arreglaría bastante bien con ella.
GÉRONTE. La hizo reír, doctor.
SGANARELLE. Mejor así: cuando el médico hacer reír al paciente, es la mejor señal posible. ¡Muy bien! ¿De qué se trata? ¿Qué tiene? ¿Cuál es el mal que la aqueja?
LUCINDE, responde con señas, llevando su mano a su boca, a su cabeza, y debajo del mentón. Han, hi, hom, han.
SGANARELLE. ¡Eh! ¿Qué dice?
LUCINDE, sigue con los mismos gestos. Han, hi, hom, han, han, hi, hom.
SGANARELLE. ¿Qué?
LUCINDE. Han, hi, hom.
SGANARELLE, imitándola. Han, hi, hom, han, ha: no la entiendo. ¿Qué diablo de idioma es ese?
GÉRONTE. Señor, esa es su enfermedad. Se quedó muda, sin que hasta este momento hayamos podido averiguar el motivo; y es un accidente que hizo postergar su matrimonio.
SGANARELLE. ¿Y por qué?
GÉRONTE. El que debe casarse con ella quiere esperar que se cure para concluir el asunto.
SGANARELLE. ¿Y quién es el idiota que no quiere que su mujer sea muda? ¡Ojalá quisiera Dios que la mía tuviera esta enfermedad! Me cuidaría muy bien de querer curarla.
GÉRONTE. En fin, señor, le suplicamos que utilice todos su conocimientos para aliviarla de su enfermedad.
SGANARELLE. ¡Ah! No se preocupen. Dígame un poco, ¿la enfermedad la ahoga mucho?
GÉRONTE. Sí señor.
SGANARELLE. Mejor así. ¿Tiene fuertes dolores?
GÉRONTE. Muy fuertes.
SGANARELLE. Muy bien hecho. ¿Va adonde usted sabe?
GÉRONTE. Sí.
SGANARELLE. ¿Copiosamente?
GÉRONTE. De eso no sé nada.
SGANARELLE. ¿La materia es loable?
GÉRONTE. No soy entendido en el tema.
SGANARELLE, girando hacia la enferma. Déme el brazo. El pulso indica que su hija está muda.
GÉRONTE. Y sí, señor, esa es su enfermedad; usted la descubrió de inmediato.
SGANARELLE. ¡Ah, ah!
JACQUELINE. ¡Vean cómo adivinó su enfermedad!
SGANARELLE. Nosotros, los grandes médicos, nos damos cuenta de las cosas enseguida. Un ignorante se habría visto en apuros, y le hubiera dicho: “Es esto, es lo otro”; pero yo, yo le doy al blanco en el primer tiro, y le hago saber que su hija está muda.
GÉRONTE. Sí, pero lo que yo querría es que usted me pudiera decir a qué se debe.
SGANARELLE. Nada más sencillo: se debe a que perdió la palabra.
GÉRONTE. Muy bien; pero ¿cuál es la causa, si es tan amable, que hizo que perdiera la palabra?
SGANARELLE. Todos nuestros más eminentes autores le dirán que es un impedimento en la acción de su lengua.
GÉRONTE. Pero aún así, ¿cuáles son sus sentimientos acerca de ese impedimento de la acción de su lengua?
SGANARELLE. Aristóteles dice, al respecto... cosas muy acertadas.
GÉRONTE. Ya lo creo.
SGANARELLE. ¡Ah, era un gran hombre!
GÉRONTE. Sin duda.
SGANARELLE, levantando un brazo hasta el codo. Un gran hombre, de verdad; un hombre que me llevaba esto, de grande. Pero para volver a nuestros razonamientos, afirmo que este impedimento de la acción de su lengua es causado por ciertos humores, que entre nosotros los sabios llamamos humores pecantes; pecantes, es decir... humores pecantes; tanto más cuanto los vapores formados por las exhalaciones de las influencias que se elevan en la región de las enfermedades vienen... por decirlo así... a... ¿Usted entiende el latín?
GÉRONTE. De ninguna manera.
SGANARELLE, parándose con asombro. ¿Usted no entiende el latín?
GÉRONTE. No.
SGANARELLE, haciendo diferentes posturas cómicas. Cabricias arci thuram, catalamus, singulariter, nominativo haec Musa, “la Musa”, bonus, bona, bonum, Deus sanctus, ¿estne oratio latinas? Etiam, “sí”. Quare, “¿por qué?” Quia substantivo et adjetivum concordat in generi, numerum, et casus.
GÉRONTE. ¡Ah! ¿Por qué no lo habré estudiado?
JACQUELINE. ¡Qué hombre tan sabio!
LUCAS. Sí, es tan retorcido que no entiendo ni una gota.
SGANARELLE. Ahora bien, cuando esos vapores de los cuales le hablo vienen a pasar, por el lado izquierdo, donde está el hígado, y por el lado derecho, donde está el corazón, ocurre que el pulmón, que en latín llamamos “armyan”, comunicándose con el cerebro, que nombramos en griego como “nasmus”, por medio de la vena cava, que en hebreo llamamos “cubile”, encuentra en su camino dichos vapores, que llenan los ventrículos del omóplato; y como los vapores mencionados... entienda bien este razonamiento, se lo ruego; y como los vapores mencionados poseen cierto grado de malignidad... Escuche bien esto, lo conjuro.
GÉRONTE. Sí.
SGANARELLE. Poseen cierto grado de malignidad, que es provocada... Esté atento, por favor.
GÉRONTE. Lo estoy.
SGANARELLE. Que es provocada por la acritud de los humores engendrados en la concavidad del diafragma, ocurre que esos vapores... Ossabandus, nequeis, nequer, potarinum, quipsa milus. Eso es precisamente lo que hace que su hija esté muda.
JACQUELINE. ¡Ah! ¡Eso sí que está bien dicho, hombre!
LUCAS. ¿Por qué no tendré la lengua tan bien puesta?
GÉRONTE. No se puede razonar mejor, sin duda. Hay una sola cosa que no entiendo: es el lugar del hígado y del corazón. Me parece que usted los ubica en un lugar diferente al que se encuentran; que el corazón está del lado izquierdo, y el hígado del lado derecho.
SGANARELLE. Sí, eso era así en otros tiempos; pero nosotros cambiamos todo eso, y ahora ejercemos la medicina con un método totalmente nuevo.
GÉRONTE. Es algo que no sabía, y le pido perdón por mi ignorancia.
SGANARELLE. No hay ningún problema, usted no tiene la obligación de ser tan sabio como nosotros.
GÉRONTE. Seguramente. Pero, señor, ¿qué cree usted que hay que hacer con esta enfermedad?
SGANARELLE. ¿Qué creo que hay que hacer?
GÉRONTE. Sí.
SGANARELLE. Mi opinión es que la vuelvan a acostar y que le hagan tomar, como remedio, una buena cantidad de pan embebido en vino.
GÉRONTE. ¿Y eso, por qué, señor?
SGANARELLE. Porque en el vino y el pan, mezclados, hay una virtud simpática que hace hablar. ¿No ve que es lo único que les dan a los loros, y que aprenden a hablar comiendo eso?
GÉRONTE. Es verdad. ¡Ah! ¡Qué gran hombre! ¡Rápido, traigan mucho pan y mucho vino!
SGANARELLE. Volveré esta tarde, a ver en qué estado se encuentra. (A la nodriza) Usted, tranquila. Señor, aquí hay una nodriza a la cual es necesario que le dé unos pequeños remedios.
JACQUELINE. ¿A quién? ¿A mí? Yo tengo una salud de hierro.
SGANARELLE. Peor así, nodriza, peor así. Tanta salud es de temer, y no le va a venir mal que le haga una pequeña sangría amigable, o una ligera lavativa dulcificante.
GÉRONTE. Pero, señor, esa es una moda que no entiendo. ¿Para qué ir a hacerse sangrar cuando no se tiene ninguna enfermedad?
SGANARELLE. No importa, es una moda saludable; y así como se bebe para la sed que va a venir, también hay que hacerse sangrar para la enfermedad que va a venir.
JACQUELINE, retirándose. ¡Bah!, yo me río de eso, y no voy a hacer de mi cuerpo un negocio de boticario.
SGANARELLE. Usted es reticente a los remedios; pero nosotros sabremos someterla a la razón. (Hablándole a Géronte) Le doy los buenos días.
GÉRONTE. Espere un poco, si es tan amable.
SGANARELLE. ¿Qué quiere hacer?
GÉRONTE. Pagarle, señor.
SGANARELLE, extendiendo su mano hacia atrás, por encima del delantal, mientras Géronte abre su bolsa. No lo voy a aceptar, señor.
GÉRONTE. Señor...
SGANARELLE. En absoluto.
GÉRONTE. Un momentito.
SGANARELLE. De ninguna manera.
GÉRONTE. ¡Por favor!
SGANARELLE. Usted se está burlando.
GÉRONTE. Ya está hecho.
SGANARELLE. No pienso hacer nada.
GÉRONTE. ¡Eh!
SGANARELLE. No es el dinero lo que mueve mis actos.
GÉRONTE. Ya lo creo.
SGANARELLE, después de haber tomado el dinero. ¿Vale lo que pesa?
GÉRONTE. Sí, señor.
SGANARELLE. Yo no soy un médico mercenario.
GÉRONTE. Ya lo sé.
SGANARELLE. El interés no me gobierna.
GÉRONTE. Nunca se me hubiera ocurrido.
Gentileza de Editorial Mandioca
EL VIAJE DEL SEÑOR PERRICHON, de Eugène Labiche, 1860

TERCER ACTO
ESCENA IV
PERRICHON, LA SEÑORA PERRICHON, HENRIETTE
LA SEÑORA PERRICHON, a su hija que entra.
Henriette... hijita querida... tu padre y yo, tenemos que hablar seriamente contigo.
HENRIETTE
¿Conmigo?
PERRICHON
Sí.
LA SEÑORA PERRICHON
Pronto vas a estar en edad de casarte... dos jóvenes se presentan para obtener tu mano... los dos son convenientes... pero no queremos contrariar tu voluntad, y resolvimos dejarte elegir con total libertad.
HENRIETTE
¡Qué!
PERRICHON
Total y completa...
LA SEÑORA PERRICHON
Uno de esos jóvenes es el señor Armand Desroches.
HENRIETTE
¡Ah!
PERRICHON, enérgicamente.
¡No influencies!
LA SEÑORA PERRICHON
El otro es el señor Daniel Savary...
PERRICHON
Un joven encantador, distinguido, espiritual y que, no lo oculto, tiene toda mi simpatía...
LA SEÑORA PERRICHON
Pero tú estás influenciando...
PERRICHON
¡Para nada! ¡Constato un hecho!... (A su hija.) Ahora que ya estás enterada... elige...
HENRIETTE
¡Dios mío!... me ponen en un compromiso... estoy lista para aceptar al que ustedes me indiquen.
PERRICHON
¡No! ¡No! ¡Decide tú misma!
LA SEÑORA PERRICHON
¡Habla, hijita!
HENRIETTE
Y, bueno, ya que es absolutamente necesario elegir, elijo... al señor Armand.
LA SEÑORA PERRICHON
¡Ahí está!
PERRICHON
¡Armand! ¿Por qué no Daniel?
HENRIETTE
Pero Armand te salvó, papá.
PERRICHON
¡Vamos! ¿Otra vez? Es agotador, ¡se los juro!
LA SEÑORA PERRICHON
Muy bien, ya ves... no hay ninguna duda...
PERRICHON
¡Ah! Pero permíteme, querida, un padre no puede abdicar... Voy a pensar un poco... haré mis averiguaciones...
LA SEÑORA PERRICHON, por lo bajo.
¡Señor Perrichon, eso es jugar sucio!
PERRICHON
¡Caroline!...
ESCENA IV
PERRICHON, LA SEÑORA PERRICHON, HENRIETTE
LA SEÑORA PERRICHON, a su hija que entra.
Henriette... hijita querida... tu padre y yo, tenemos que hablar seriamente contigo.
HENRIETTE
¿Conmigo?
PERRICHON
Sí.
LA SEÑORA PERRICHON
Pronto vas a estar en edad de casarte... dos jóvenes se presentan para obtener tu mano... los dos son convenientes... pero no queremos contrariar tu voluntad, y resolvimos dejarte elegir con total libertad.
HENRIETTE
¡Qué!
PERRICHON
Total y completa...
LA SEÑORA PERRICHON
Uno de esos jóvenes es el señor Armand Desroches.
HENRIETTE
¡Ah!
PERRICHON, enérgicamente.
¡No influencies!
LA SEÑORA PERRICHON
El otro es el señor Daniel Savary...
PERRICHON
Un joven encantador, distinguido, espiritual y que, no lo oculto, tiene toda mi simpatía...
LA SEÑORA PERRICHON
Pero tú estás influenciando...
PERRICHON
¡Para nada! ¡Constato un hecho!... (A su hija.) Ahora que ya estás enterada... elige...
HENRIETTE
¡Dios mío!... me ponen en un compromiso... estoy lista para aceptar al que ustedes me indiquen.
PERRICHON
¡No! ¡No! ¡Decide tú misma!
LA SEÑORA PERRICHON
¡Habla, hijita!
HENRIETTE
Y, bueno, ya que es absolutamente necesario elegir, elijo... al señor Armand.
LA SEÑORA PERRICHON
¡Ahí está!
PERRICHON
¡Armand! ¿Por qué no Daniel?
HENRIETTE
Pero Armand te salvó, papá.
PERRICHON
¡Vamos! ¿Otra vez? Es agotador, ¡se los juro!
LA SEÑORA PERRICHON
Muy bien, ya ves... no hay ninguna duda...
PERRICHON
¡Ah! Pero permíteme, querida, un padre no puede abdicar... Voy a pensar un poco... haré mis averiguaciones...
LA SEÑORA PERRICHON, por lo bajo.
¡Señor Perrichon, eso es jugar sucio!
PERRICHON
¡Caroline!...
Gentileza de Editorial Mandioca
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